Introducción:
En el Antiguo Testamento, encontramos una cita bíblica que nos habla del amor tan grande que Dios da a nuestras vidas: "Con amor eterno te he amado". Jer 31:3. Qué realidad existe en esa expresión de Dios a través del profeta Jeremías. Para Dios, esa expresión es algo más que un simple dicho que todo el mundo repite de la boca para fuera. Para él, el decir que nos ama con amor eterno es mucho más profundo y mucho más intenso, que la única manera de poder descifrar su contenido es solamente el contemplar a su Único Hijo Jesús, clavado en la Cruz.
¿Por qué nos cuesta entender esa frase tan hermosa? Pues por el hecho de qué, somos tan limitados en ese mismo amor, que pensamos que el amor de Dios es semejante al nuestro. Pensamos con nuestra humanidad y no necesariamente en el espacio espiritual de Dios. Por ende, al escuchar del amor eterno, la piel se nos pone de gallina, y no logramos comprender la inmensidad de ese amor realizado en Cristo Jesús.
¿Cuántas veces Dios mismo demostró a su pueblo el gran afecto y su inmensa ternura, cada vez que ellos lo rechazaban? Una y otra vez Dios venía a su encuentro para liberarlos y una y otra vez parecían solamente llamarada de tuza, solamente se prendían en el momento de la liberación, pero luego se apagaban ya que no entendían la magnitud de su amor.
Recordemos por ejemplo allá en el Génesis cuando Dios le habló a Noé y a su vez este habló al pueblo para que dejaran sus maneras viejas de vivir, con tanto pecado e inmoralidad. Nadie le creyó, y ¿cómo terminaron? ¡Ahogados! (Gen 7: 17-24)
Del mismo modo andamos nosotros por la vida, ahogados espiritualmente, perdidos en las codicias de este mundo lleno de odio y rencor, de ira y faltas de amor. Más sin embargo, Dios nunca se aparta de los que ama; te ama a ti, me ama a mí, ama al que nos dañó y al que dañamos. No hemos escuchado aquella canción que dice: “El sol sale para todos, para todos sale el sol. No importa las fronteras ni la raza ni el color…”. Además cuando Cristo murió, él lo hizo por todos sin excepción, como nos dice las Escrituras. “El amor de Cristo nos urge, y afirmamos que si él murió por todos, entonces todos han muerto. Él murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para él, que por ellos murió y resucitó” 2 Cor 5: 14-15 Ese es el verdadero amor. Su amor eterno nos envuelve a todos, cuanto somos y cuanto poseemos.
A pesar de que hemos hablado de esto con anterioridad, se nos dificulta comprender el hecho del amor, especialmente cuando vemos a nuestro alrededor toda clase de calamidades (niños hambrientos, guerras, injusticias sociales, violencias domésticas, etc.) Dónde está el amor del que nos hablan, cuando nosotros queremos hechos concretos y no solamente las mismas palabras que solo son romanticismo y no le da de comer ni vestir al necesitado.
Todas esas son preguntas válidas que aunque parece difícil, son bien fáciles de responder. No es que el amor de Dios no esté allí; es que somos nosotros mismos los hombres, los que nos hemos separado tanto de su gran amor que hasta lo hemos perdido. Lo hemos abandonado por algún lugar en donde solamente existe oscuridad y lo más lamentable es que, ese lugar es nuestro propio corazón.
Si hay niños muriendo de hambre, es porque yo mismo no les doy de comer. Si hay guerras, es porque nosotros los hombres estamos llenos de codicia y soberbia que nos olvidamos de la paz, por el simple hecho de querer más materialmente y las ansias de poder; Si hay injusticias sociales, es porque somos cobardes y por tratar de salvar el pellejo, no queremos arriesgarnos a dar nuestra vida por la libertad del oprimido y, en eso está la falta de amor, no de Dios, sino que de nuestros corazones para los demás.
Es fácil hablar solamente de todo lo mal que está el mundo, pero qué difícil es accionar para darle una solución a lo malo que nos aqueja como humanidad. Lo que pasa es que como nosotros mismos venimos de hogares en los que se habló y se demostró muy poco el amor, es entonces que no podemos darnos cuenta de que solamente respirar, es como vivimos el amor verdadero de Dios en nuestras vidas. Porque no recibimos amor, es por eso que no podemos dar amor.
Nos cuesta comprender lo falibles que somos, pues en el mundo en el que vivimos somos “alguien”; cuanto más tenemos y entre más tenemos más amamos oprimir al desvalido, al indigente y hasta nuestra propia vida damos por amor al poder del dinero. Que tontos que somos. Pensamos que el interés de la vida es solamente aplastar al que no se puede defender porque no es rico como nosotros. Ahora que debemos de hablar no solamente de la riqueza material de este mundo como lo conocemos, pero hablemos de toda aquella riqueza interior que nos hace pobres exteriormente, aunque poseamos lo material. Estoy hablando de todos aquellos odios y rencores que guardamos en la bodega de nuestro espíritu; las vanidades y los falsos orgullos; los chismes, infidelidades, sexo desordenado, pornografía, golpes a nuestros hijos y/o a nuestros padres, abusos físicos y psicológicos. Todo eso es riqueza que nos va matando el alma y llevando nuestro espíritu por la calle de la desolación.
¿Cómo pretendemos vivir llenos de todo eso? Jesús mismo nos comparte en las Bienaventuranzas: “Felices los que tienen un espíritu de pobre, porque de ellos será el reino de los cielos” Mt 5: 3 Así como le dijo a aquel hombre cuando éste se le acercó y le inquirió que debía de hacer para seguirlo: “Cierto hombre importante le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?" Jesús le dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno, nadie más. Ya sabes los mandamientos: No cometas adulterio, no mates, no robes, no levantes falsos testimonios, honra a tu padre y a tu madre." Pero él contestó: "Todo esto lo he cumplido ya desde joven.” Al oír esto, Jesús le dijo: "Todavía te falta una cosa: vende todo lo que tienes, reparte el dinero entre los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; después ven y sígueme.” Ante tal respuesta, el hombre se puso triste, pues era muy rico. Al verlo, dijo Jesús: "¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios para los que tienen riquezas! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios.” Lc 18: 18-25
Ahora que debemos de entender que, cuando hablamos de la riqueza material, no quiere decir automáticamente que por el simple hecho de ser rico nos vamos a condenar ¡no! Lo que queremos decir es que debemos de saber cómo descubrir el amor de Dios en medio de esa riqueza material, cuando se pone al servicio de los más necesitados, de lo contrario, para qué lo queremos si eso solamente se convierte en rincón para el orín y la polilla, si nuestro corazón está atado a todas esas cosas que hablamos anteriormente. Un corazón que está lleno de inmundicia, nunca podrá conocer a plenitud el amor eterno de Dios en su vida; Podrá saber de él, pero nunca sabrá la profundidad ni mucho menos, el significado de la entrega de su único Hijo a la Cruz del Calvario por la salvación de sus pecados.
Es importante pues que tengamos una apertura total de corazón, para darnos cuenta que mientras vivamos odiando o guardando rencor, acumulando todo tipo de deseo de venganza, nunca lograremos experimentar su amor en nuestras vidas. ¿Qué hacer? Pues dice un refrán: “Del dicho al hecho hay mucho trecho”. Es nuestro deber y obligación moral y espiritual de pasar de la oscuridad a la luz, del odio al perdón y del rencor al amor. No como una simple acción sin pena ni gloria, pero creyendo a totalidad que si Cristo murió por todos, entonces también lo hizo por mí, y si lo hizo de esa manera para que yo fuera salvo y reconciliado con el Padre, entonces de la misma manera debo yo de actuar en el mismo amor.
Solamente viviendo el amor de Dios, es cómo vamos nosotros a dar también ese mismo amor a los demás. Ya no vivamos preguntando: ¿En dónde está el amor de Dios? Más bien, digamos; “Aquí está el amor de Dios, porque hoy le doy de comer al hambriento, hoy visto al desnudo, hoy visito al enfermo y al preso” (Mt 25:34-46) Y vamos un poco más a profundidad: Porque ya no golpeo a mi cónyuge, ya no maltrato a mis hijos, ya no creo violencia en mi hogar con mis iras, etc.
¡Qué tremendo! Por qué preguntamos, dónde está su amor, cuando el amor de Dios está a nuestra derecha y a nuestra izquierda, sobre nuestra cabeza y bajo nuestros pies; ahí está su amor. En otras palabras: qué maravilloso sería el momento en el que pudiéramos visualizar su eterno amor, veamos a la naturaleza; los árboles en el jardín, los pájaros volar y los peces nadar. Cuando veamos que con el hecho de respirar, estamos experimentando su amor.
Entonces vivamos de acuerdo a su amor. Nos dice Jesús en su Evangelio: “Un mandamiento nuevo les doy: que sé amen los unos a los otros como yo los he amado” Jn 13: 34. El plan perfecto de Dios para nuestras vidas, es eso: que nos amemos con corazón abierto, aceptándonos y respetándonos como verdaderos hijos de Dios. Pero, qué de aquellos que se afanan por vivir alejados del amor, aunque dicen que aman, ellos solamente aman lo que les agrada o les conviene y no necesariamente lo que es incómodo o molesto. Veamos por ejemplo a Madre Teresa de Calcuta: ella vivió entre los enfermos, los desvalidos, los marginados, “entre los desechos de la sociedad” y más sin embargo, aun en la incomodidad que esto pudiera ser para muchos de nosotros, siempre tuvo el tiempo y sobre todo el amor verdadero de Dios para atender al necesitado.
En otro ejemplo del amor para los demás, lo podemos encontrar en Mahatma Gandhi: él logró la libertad de su pueblo sin violencia, más bien dando amor a los que le golpeaban y perdonando a los opresores, supo guiar a una comunidad que experimentaba dolor, sufrimiento, persecución y opresión.
Esto lo logró solamente viviendo y experimentando el verdadero amor de Dios en su propia vida y cuando llegó el momento, puso en práctica lo que ese amor significaba.
Cuántos otros hombres y mujeres vivieron y murieron demostrando el verdadero amor del Padre. Una canción secular dice por ahí: “El que ama su vida la da y el que quiere pretende vivir y nunca sufrir”. Eso es lo que muchos de ellos hicieron, dieron su propia vida por amor a sus semejantes. Algunos de nosotros solamente nos quedamos en el querer: “Porque todos sabemos querer y pocos sabemos amar” continúa diciendo la canción. Que realidad tan grande hay en esta expresión puesta por escrito por Manuel Alejandro.
Cómo pretendemos servir y convivir en el hogar, en la comunidad y en medio de la sociedad, si no queremos amar. El evangelio de San Juan en el 3: 16 nos dice bien claro: “Tanto ama Dios al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”. Eso es el Amor de Dios para nuestras vidas. Él la entregó cuando se dio a sí mismo en su Hijo Jesús por cada uno de nosotros.
A eso estamos llamados; no al reclamo del por qué no veo el amor de Dios, más bien, uniendo nuestras vidas a la vida de Jesús que en el momento que se entregó a la muerte, pidió que hiciéramos nosotros lo mismo: “Esto es mi Cuerpo que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía”
Lo hermoso de todo esto es qué, su amor es mucho más grande inclusive que la misma muerte. Él resucitó, y al hacerlo, también resucitó con él la vida eterna para los que creemos en su amor. No podemos decir que creemos en Jesús vivo, si no creemos que él murió y de la misma manera no podemos decir que el murió, sin creer que resucitó. Pero aunque creamos en los dos aspectos, si no nos damos cuenta de su amor realizado en nuestras vidas en medio de las experiencias que nos suceden a diario, entonces estamos negando tanto su muerte como su resurrección.
San Pedro nos lo dice claramente en su primera carta en el capítulo 1 y versos 3 al 5: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento”
En resumen: La razón de todo lo que somos y cuanto vivimos, es porque simple y sencillamente Dios nos ama con amor eterno y es hora de dar una respuesta a ese amor con nuestras actitudes hacia los demás.